No lo sé aunque supongo que sí. Supongo que en todas las ciudades habrá uno. En donde yo vivo, Cáceres, por ejemplo, hay unos cuantos tontos de la moto. Yo, de hecho, la mayoría de las veces les aumento el calificativo y les llamo el tonto de los cojones de la motito.
Sabéis de qué hablo, ¿verdad? El tonto de la moto tiene un pose común bien diferenciada de los demás motoristas. Va subido en la moto con las rodillas y los codos hacia fuera, el cuello retraído y mirando hacia ambos lados como dando a entender que eso de manejar la moto lo tiene tan superado que se puede permitir el lujo de no mirar hacia delante. El tonto de la moto suele ir con un cigarrillo en la boca y un casco quitamultas sin abrochar, mangas dobladas a la altura de lo que, se sospechan, son biceps y lleva los botones de la camisa a medio abotonar. Pero el tonto de la moto, conocedor de que únicamente con esa pinta de gilipollas no llama lo suficiente la atención, lleva la moto revolucionada con un ruido ensordecedor cuando no, directamente, la lleva a escape libre. Esto es lo que realmente suele molestar del tonto de la moto y cuando, los ciudadanos de a pie, se preguntan si el tonto de la moto no se cruzará nunca con una pareja de policías que le metan, en el sentido figurado (aunque ojalá no lo fuera), el tubo de escape por el orto.
Al tonto de la moto realmente deberíamos llamarle el tonto del ciclomotor porque es tan tonto, tan tonto que no llega ni a tonto de la moto porque para eso hay que aprobar un exámen y, claro, estamos hablando de un puto tonto… de los cojones.
