25 de agosto de 2010
Después de dos horas y diez minutos de vuelo con Wizzair, a eso de las once y veinte, ya estábamos esperando las maletas en suelo húngaro. Tras, al menos, media hora de espera hasta que nuestras maletas aparecieron por la cinta debido a que, alguna mente preclara, se le ocurrió juntar nuestras maletas con las de un vuelo procedente de Estocolmo aún cuando había cintas libres a decenas, conocimos a Miklos, el conductor que contraté a través de internet con el hotel para hacernos el traslado desde y hasta el aeropuerto.

Mary Jo en la plaza de Vörösmarty
Nos alojamos en el Promenade City Hotel, en plena Vaci Utca (quién haya estado en Budapest sabrá de qué calle se trata), de cuatro estrellas en el que nos fue asignada la estupenda habitación 603 en una especie de ático abuhardillado.

Tranvía y Palacio de Buda
Tras colocar, una vez más, la ropa en el armario salimos a hacernos una idea, como siempre hacemos, de dónde nos encontrábamos con respecto a lo que queríamos ver. Tras un paseillo cortito y una comida rápida regresamos al hotel a echarnos una siestecilla.

Basílica de San Esteban
Ya por la tarde, decidimos recorrer la orilla de Pest con el fin de admirar el palacio de Buda, la colina de Gellert y el Castillo situados justo enfrente, en la orilla de Buda.

Buda anocheciendo
Luego, tras callejear un rato en busca de monumentos que queríamos ver, fuimos a dar con un bar, llamado Negro, que estaba en plena plaza de San Esteban, en el que nos tomamos un par de cañas fresquitas y a un precio muy asequible. Desde ese momento hicimos de ese bar nuestro punto de descanso y relax después de tanta caminata. La cena fue en el restaurante italiano Mamma, un restaurante con una pizza y una pasta más que recomendable.

Buda de noche
