Salgo al pasillo… cojeando. Intento abrir los ojos y afinar los oídos. No. No están dentro de casa… pero sí a la puerta. ¿Qué pasa? Le doy al interruptor de la luz del pasillo (o eso creo porque en realidad se enciende la luz de la habitación). Mierda. Todavía no he sido capaz de salir al pasillo. Mary Jo se despierta con cara de flipada.
– ¿Qué haces? – me pregunta
– Algo pasa ahí fuera. Están gritando. Voy a salir respondo con los ojos fuera de órbita.
– ¿En pelotas? me dice mientras se incorpora de la cama.
¡Joder, iba a salir en pelotas!. Tengo que lavarme la cara. Me lavo la cara y afino el oído. ¡Coño, suena agua!. Sí, como unas cataratas que cayeran justo a nuestra puerta.
Me dirijo hacia la puerta y, por fin, soy capaz de abrir la puerta y salir para ver qué pasa. Lo primero que me encuentro es a una abuela, en camisón, con una vela en la mano. ¡Cojones, qué susto!. La Santa Inquisición pienso. En estas, la abuela se me queda mirando con cara de cabreo y me grita:
– ¡Vamos que te mueres ahogado y no te enteras!
– ¿Qué pasa? - acierto a decir.
– Pero es que no lo ves. Asómate aquí – me espeta la abuela dirigiendo el dedo índice de su mano derecha hacia un rincón de la escalera que, desde la puerta de mi casa, no se veía.
Sorteo la puerta de casa, doblo la esquina y entonces es cuando noto que mis zapatillas se mojan irremediablemente, de hecho se empapan hasta mis tobillos. A escaso metro y medio de la puerta de casa teníamos la una especie de geiser de agua. Ayudado por la luz de la puerta de una vecina me acerco sigilosamente al origen de semejante borbotón y descubro a una vecina rodeada de dos o tres sombras. Al acercarme aún más descubro, entre penumbra, a una camarilla de vecinos todos entrados en años (como la mayoría de los que habitan en un bloque de pisos con más de 35 años de antigüedad). Una de las sombras se dirige a mi y me inquiere: Intenta cerrar tú las llaves que nosotros no podemos.
Me meto de cabeza en el chorro del agua y se me cala todo menos los calzoncillos (que no llevo, me había puesto un pantalón de deporte en plan comando). Y así, ahora sí, más despierto gracias al chorro helado, empiezo a cerrar llaves de paso una por una hasta que, afortunadamente, cesa el sonido del agua golpeando contra un suelo anegado a su vez de esa misma agua.
Tras solucionar esto, me doy la vuelta y me fijo en todos los que me rodean. Una vecina con una bata de guatiné de color rosa, otra persona (que con el tiempo reconocí también como vecina) con los pelos alborotados y una voz de ultratumba debido, según dijo ella posteriormente, a que iba de pastillas hasta arriba y, finalmente, Mary Jo, que había salido detrás mía. En esas estábamos los cuatro cuando comienzo la operación inversa de cerrar las llaves de paso para ver cuál era la causante del desaguisado. Tras probar algunas combinaciones de llaves llego a la conclusión de que es la tubería de la vecina del 3º C, ¡justo la de las pastillas!. Para cerciorarse de que era su tubería casi me mete la puta vela que ella misma portaba en los ojos y, acertamos a ver, como un codo de tubería ha reventado y era por ahí por dónde salía el agua a mares.
Una cosa es segura -digo intentado no dar importancia al tema- creo que el codo de esa tubería tiene más años que yo.
Nadie ríe ante mi ocurrencia. “Maldita la puta gracia que tiene el niñato este” imagino que pensará la del 3º C.
Bien, pues ya está. Arreglado. Ahora toca hacer inventario. Miro a mi alrededor y veo balsas de agua anegando todo el pasillo de la escalera. A una de mis adorables vecinas se le ha entrado el agua en casa ya que, también es casualidad, el pasillo tiene inclinación hacia su puerta. Después de sacar unos ocho cubos de agua del pasillo y, más o menos, la mitad de la entrada y la cocina de su casa, recuerdo cómo un vecino me dijo, al principio de la película, que cuando terminara aquí bajara a ver el rellano ya que estaba muy perjudicado.
Total que dejo terminando de limpiar la casa de la vecina a Mary Jo y a la vecina (la de la tubería hacía tiempo que se había ido encabronada, supongo) y me dispongo a bajar, a oscuras, los tres pisos hasta dar con una visión que todavía tengo clavada en mi mente. Creo que esta visión costará sacarla de mis adentros ya que ha llegado a tal punto que se ha convertido en un trauma que me persigue durante todo el día. Es una imagen que no puedo olvidar y que me tiene hondamente trastornado. Pero, bueno, sigo por dónde iba. Decía que, tras bajar las tres plantas, me encuentro, iluminadas por luces de velas, a un harem de cuatro o cinco ancianas, la menor de ellas rondando los 70 años, mirándome, con la fregona en la mano y vestidas con una especie de picardías del siglo XIX. Debajo de estos insinuantes camisones se asomaba lo que, pude imaginar, eran una especie de pololos o enaguas. Creo que fue en este momento cuando deseé haber vivido en una residencia de estudiantes universitarias pero la realidad, desgraciadamente, era bien distinta.
El caso es que ya no tardamos mucho en terminar de arreglar el desaguisado y, regresé, completamente traumatizado y a tientas al tercer piso dónde me esperaba Mary Jo y la vecina de la bata rosa. Nos despedimos y, tras regresar a casa y mirar el reloj, que marcaba las 03:4h, le dije a Mary Jo que desgraciada la hora en la que bajé ya que nunca más volvería a ser el mismo. Ahora, cuando me cruzo con las vecinas, me las imagino con sus camisones y, sobre todo, con sus pololos asomándose insinuantes por debajo del picardías estilo siglo XIX.
¡¡SOCORRO!!
