No había pasado ni diez segundos cuando me lo volví a quitar y lo volví a tirar. Mi padre volvió a recogerlo y, con buenas palabras pero ya sin la sonrisa, me dijo que me podía constipar y que eso era malo para mí. Me lo volvió a poner. Duró menos de diez segundos sólo que esta vez, en lugar de mirar al zapato cuando lo tiraba, le miré a él para ver qué cara ponía. Empezó a menear la cabeza. Me lo puso tres veces más hasta que, agachándose, se puso a la altura de mi cara y me dijo que cuando me constipara que no le llamara ni le pusiera caritas raras. Cogió el zapato y lo metió en la bolsa del carrito.
Estuve cerca de dos minutos con un zapato hasta que decidí quitarme el del otro pie. Mi padre volvió a repetir el procedimiento anterior exceptuando la sonrisa y las buenas palabras. Ahora me lo ponía y punto. Cuando lo tiré por tercera vez, decidió ponerme los dos a ver qué hacía. Obviamente, me quité los dos y los tiré. Ya no tenía tan buena cara cuando se agachó a recogerlos y, de paso, decirme algo que no sonaba muy bien. Cabezota o algo así.
Aunque mi padre no tuviera buena cara seguía con su sonrisa pero ahora un pelín forzada. Me iba diciendo que en verano era posible ir sin zapatos pero en invierno no era recomendable porque no sé qué rollos de constipados y fiebres. A mí me gustaba más el juego de ponérmelos él y quitarlos y tirarlos yo y eso de que hubiera decidido no ponérmelos a mí me dejaba un poco frustrada porque se acababa el juego. Quería seguir jugando. Estuve unos minutos contrariada mientras miraba a mi padre y preguntaba que dónde estaban los zapatos, y digo sólo unos minutos contrariada porque enseguida descubrí que llevaba calcetines. Ni que decir tiene que llegué a casa con los pies al aire.





