
Con Alvarito

Telefónica de fútbol sala

Dedicando los trofeos

Con Alvarito en una fiesta

Fiesta compañeros fútbol





Cuando me incorporo y compruebo que estoy perfectamente de salud observo horrorizado como Carlos está debajo de lo que hace unos instantes confundí con un coche pero que, realmente, se trata de una furgoneta de reparto con el logotipo de MRW. La pesadilla siempre acaba ahí.
Carlos es un compañero de una época en la que nos ganábamos unas pelillas haciendo desfiles de modelos por Extremadura. Le conocí cuando coincidimos en el casting de la empresa extremeña que contrataba para esos eventos y que dirigía un conocido que me había dicho, con anterioridad, que me acercara a sabiendas de que iba a ser yo uno de los elegidos.
Supongo que a todos vosotros os habrá pasado también más de vez con alguna persona pero el caso es que Carlos y yo enseguida congeniamos y al segundo desfile ya parecíamos amigos de toda la vida. Él era un poco menos alto que yo pero, por contra, tenía una melena rubia rizada y una tez blanca sobre la que resaltaban unos enormes ojos verdes que hacía que pareciera el niño del anuncio del champú Johnson pero con veinte años más. Ni que decir tiene que, aunque por aquel entonces tenía novia, su éxito con las niñas era espectacular.
Hace un par de días, mientras caminaba por Cánovas hacia una joyería, nos volvimos a encontrar por sorpresa. En un principio no sabía que era él porque únicamente veía su espalda encorvada y sus manos apoyadas en un andador del que se ayudaba para caminar. Tenía las rodillas metidas hacia adentro y, en su intento de caminar, arrastraba bastante la pierna izquierda. A su lado, vigilante y atento, se encontraba un hombre de unos treinta años que posteriormente se presentó como primo hermano de Carlos.
— ¿Carlos? —le pregunté mientras costosamente giraba la cabeza hacia mí. En cuanto le vi los ojos supe que era él.
— Soy Chesco, pasaba modelos contigo cuando… éramos más jóvenes— intente aclararle en un intento de evitar esperas incómodas.
Sonrió y comprendí que me había reconocido. En aquel instante estaba claro que algo le había pasado pero me esforcé en obviarlo, enseguida volvimos a conectar y, entre Carlos y yo, pusimos al día al primo que le acompañaba. Hacía frio y les dije que les invitaba a lo que quisieran aprovechando que prácticamente estábamos parados en la puerta del bar del Bombo.
Creo que me tome cuatro cañas; las mismas más o menos, que tomaron Carlos y Fran que así se llamaba el primo. Nuestra conversación se centró, como es lógico, en los tiempos de los desfiles y hablamos de chicas, deporte, política y más chicas. Realmente estaba cómodo y, en algunos instantes, incluso, se me iba de la mente el pensamiento de qué coño le había pasado para encontrarse en ese estado.
— Me arrollo una furgoneta de reparto mientras salía, como cada día, con la bici a hacer un poquito de deporte — me espetó mientras nos despedíamos y prometíamos mantener contacto aunque fuera por correo electrónico ya que Carlos vivía en Salamanca.
No supe que decir y, como suele pasarme en estos casos, mis ojos se empeñaron en hablar por mí llenándose de lágrimas. Me quedé viendo como, despacito, Carlos y su primo seguían su camino mientras yo deshacía mis pasos Cánovas hacia arriba y regresaba a casa con el corazón encogido y cara de descolocado.
— La joyería estará cerrada —pensaba mientras miraba la hora en el móvil.
Ni putas las ganas que tenía de compras…
Tal y como habíamos quedado, a eso de las seis de la tarde del 31 de diciembre, Sergio estaba en el portal con parte de la cena de nochevieja. Media hora más tarde estaba junto a Mary Jo, Miguel y Sergio en el Vivaldi para tomar unas cervezas antes de despedir el año. Tras una cerveza nos acercamos a la Madrila para ver a Montaña, Elia, Diego y Víctor que estaban ‘haciendo tiempo’ antes de recoger a los niños.

Una vez en casa preparamos los entrantes (jamón, queso, salmón ahumado, aceitunas, etc) y, mientras se calentaba el pollo de campo que Sergio había traido de Alange, estuvimos viendo fotos del año de Maria Castaña. Tanto nos centramos en las fotos que, de auténtico milagro, llegamos a las campanadas ya que, estaba el carrillón bajando y sus uvas y mis aceitunas todavía no estaban sobre la mesa.

Después, a eso de la una de la mañana, quedamos con Miriam y nos acercamos al Corral de las Cigüeñas a celebrar la entrada del nuevo año en el cotillón que habíamos reservado unos días antes. Allí estuvimos hasta las siete y pico de la mañana que decidimos irnos a descansar a casa.

Al día siguiente, año nuevo, deberíamos dedicarlo, como hace la gente sensata, a descansar pero, ¡no!, nosotros nos fuimos a casa de Sergio a comer, a pasar la tarde y, de paso, a pedir unas pizzas y cenar allí.

Todas las nochebuenas me pregunto lo mismo: “¿¿Por qué coño les da a todo el mundo por hacer ese día lo mismo que hago yo todos los sábados??”. Habíamos quedado a las dos en el Vivaldi pero, ¡la primera en la frente!, ya nos fue imposible entrar porque estaba atestado de gente y, para colmo, habían puesto un D.J. y la música estaba a unos decibelios desaconsejables para esas horas de la tarde así que, junto a Miriam y Mary Jo, nos fuimos al Arnaiz y avisamos a los demás para que nos localizaran allí.

Al Arnaiz se presentaron Mari Paz y Chepe y, tras algunas cañas con sus respectivos pinchos, decidimos ir a comer algunas raciones. Por el camino nos encontramos a Montaña y Diego y, tras intentarlo en el Eustaquio y en el Rafa, finalmente acabamos en la cafetería del Hotel Extremadura.

Allí se juntaron con nosotros tanto Paula y Miguel Ángel López como Encarna y Miguel Ángel Hurtado y nos comimos unas tostas, raciones y bocatas. Me sorprendió la relación calidad-precio de lo que comimos y, quitando que estaban desbordados por la aglomeración de gente, estuvo bastante aceptable lo que comimos así que, creo, habrá que repetir en otra ocasión.

Con las alforjas llenas de condumio decidimos, ¡en qué momento!, ir a la Madrila a tomar algo y, no se quedó en el intento de milagro pues, tras intentarlo en numerosos establecimientos (incluido el famoso y oscuro Tacones que ahora se llama Poker), fue en el Desván de Pepa el lugar en el que encontramos un huequecillo donde hacernos fuertes y poder tomar algo medio decentemente.

Alrededor de las seis y después de asombrarnos con la facilidad que tiene algunas para ponerse a mover el esqueleto (¡¡Chepe eres un cortarrollos!!
) fuimos despidiéndonos y deseándonos lo típico de estas fechas.

Yo había quedado con mi hermano Luma en que nos iriamos juntos a casa de mi madre para cenar así que, tras una rápida llamada, nos fuimos al Tocata de la Madrila Baja en la que nos tomamos, de gañote, un brugal y estuvimos bailando junto a mi hermano Luma y mi cuñada Elena hasta que decidimos, cerca ya de las ocho de la noche, irnos a cenar y, sobre todo, a disfrutar de los juegos con mi sobrino Luigi.

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