23 de abril de 2011
La noche anterior nos habíamos preocupado de ver la parada de autobuses más cercana que nos dejara cerca de la Torre de Belem. Tuvimos suerte porque apenas a cien metros del hotel paraba el número 727 que nos dejaba al ladito mismo del Monasterio de los Jerónimos.

Monasterio de los Jerónimos
El día comenzó con, esta vez sí, un frugal desayuno en una pastelería cercana al hotel que consistió en una tostada con mantequilla, un bollo suizo y un par de vasos de leche fresquita. Al llegar a la parada del autobús, sin apenas sentarnos, descubrimos con alegría que el autobús estaba parado en un semáforo a cien metros así que, sin tiempo de repasar el itinerario, nos subimos.

Torre de Belem
Alrededor de diez minutos más tarde nos bajamos en la parada del impresionante Monasterio de los Jerónimos cuya entrada tenía una cola kilométrica. No teníamos intención de entrar pero, por si acaso, esa cola desproporcionada nos reafirmó en nuestros pensamientos. Tras las típicas fotos y después de ‘putear’ un poquino a unos ingleses que querían hacer una foto en la que no querían que yo saliera y yo que sí quería, emperrado, salir en su foto, nos encaminamos hacia la Torre de Belem a la que, bajo un cielo encapotado, hicimos un montón de fotos.

Monumento a los Conquistadores
Empezaba a chispear cuando, a través de la especie de paseo que comunica un monumento con otro, visitamos el monumento a los conquistadores al que, tras las pertinentes fotos en las que, debido al viento del día, salgo con los pelos como el Doctor Infierno. Cuando empezó a arreciar la lluvia que, por cierto, nos ha respetado bastante en toda nuestra estancia en Lisboa ya que llovió un par de días y poco tiempo decidimos cruzar a un bar que había al lado del Monasterio de los Jerónimos. En eso estábamos cuando nos fijamos en una cola enorme que había en una pastelería y, entonces, recordé que había leído en un foro que cerca del Monasterio existía la Antiga Casa dos Pasteis de Belem, lugar originario de los famosos y apetitosos pasteles de Belem. Cambiamos de opinión y entramos en la enorme pastelería en la que trabajan decenas de personas atendiendo a cientos de clientes. Una vez sentados en una mesa compramos un par de pasteles junto a un café y mi sempiterno vaso de leche fría y aprovechamos para encargar una cajita con pasteles de Belem para regalar a los padres.

Monasterio de los Jerónimos
A la vuelta, después de decidir si cogíamos el tranvía 15 que nos dejaba cerca de la plaza de Rossio o el autobús 727 que nos dejaba al lado del hotel y una vez decantado por el autobús ya que queríamos volver a comer en el Cave Real para meternos un bacalao con buena pinta con el que nos quedamos con ganas el día de la cena vimos cómo, nuestro gozo en un pozo, estaba cerrado pues habían hecho puente. Como se suele decir en estos casos ‘a rey muerto, rey puesto’ cambiamos la comida en el Cave Real por una comida en el restaurante Ribadouro que la noche anterior estaba lleno. Pedimos carne a la portugesa y bacalao con cebolla y patatas asadas. Muy rico y recomendable todo, tanto la comida como el sitio.

Torre de Belem
A la hora del café Mary Jo dijo que por qué no íbamos al famoso y archirecomendado por Cris y Sergio Café Chinês (realmente Pavilhao Chinês) a tomar el café. De nuevo, ruta peatonal en el Tomtom del iPhone y en diez minutos comprobábamos como abría a partir de las seis. Menos mal que, unos metros más abajo, había una pequeña terraza en la que Mary Jo se puedo tomar su café y yo una Coca Cola disfrutando del sol que calentaba de lo lindo. Tras el refrigerio y el descanso, aprovechando que, según el GPS, a cinco minutos andando, estaba el mirador de San Pedro de Alcántara fuimos a dar una vuelta y a hacer unas fotos de Lisboa desde lo alto del mirador.

Panorámica desde el Chapitô
También aprovechamos la estancia y dado que era el día de San Jorge compré una rosa roja y me regalaron el discurso de aceptación del Premio Nobel de José Saramago. Nuevamente con el Tomtom nos plantamos, esta vez tras bajar del barrio alto y subir cerca del castillo de San Jorge, en el famoso pub Chapitô que nos había recomendado encarecidamente tanto Cris como Sergio. Aquí me tomé un mojito y Mary Jo un zumo de tomate mientras disfrutábamos del sol reinante que se colaba entre las ventanas del establecimiento.

Mirador de San Pedro de Alcántara
Una vez repuestos y descansados convencí a Mary Jo, pues no estaba por la labor de bajar del Castillo para subir, de nuevo, al Barrio Alto, para volver al Pavilhao Chinês a ver si merecía la pena ese sitio del que tanto y tan bien hablaban por todos los foros, guías y visitantes. Lo cierto es que sí que merece la pena. Es, cuanto menos, original pues es de ese tipo de sitios con un encanto difícil de describir con palabras ya que uno únicamente se puede hacer una composición de lugar visitando el lugar en sí. En realidad no es un café o pub es, más bien, un auténtico museo encubierto, con colecciones de piezas de arte y mobiliario de los siglos XVIII, XIX y XX. Todo un lujo en un lugar de lo más romántico en donde uno puede disfrutar del café y del té, de los cocktails y combinados, de los vinos del país e incluso de algunas opciones de comida rápida a cualquier hora del día.

Pastelería de Belem
Ya había anochecido hacía rato cuando salimos del café Chinês con destino a algún sitio para cenar.

Nosotros estuvimos en Lisboa por primera vez (y única de momento) en agosto de 2008, y desde entonces tenemos ganas de volver.
Ojeando la entrada al respecto de mi antiguo blog, me he encontrado con un comentario tuyo en el que, además de joder un poquito restregándome todos los días que te quedaban de vacaciones, decías que tenías pendiente una escapada a Lisboa. Por fin la has hecho efectiva. Espero que os haya gustado, a nosotros nos encantó.