24 de agosto de 2010
El ultimo día de nuestra estancia en Barcelona quisimos comer en el restaurante de El Rey de la Gamba así que, bajando por la rambla y tras visitar el mercado de La Boquería nos metimos de nuevo en el barrio gótico con el fin de ver la espectacular Iglesia de Santa María del Mar cuya construcción sirvió de hilo argumental a Ildefonso Falcones para la redacción de su magnífico libro de La Catedral del Mar.

Santa María del Mar
Tras meternos entre pecho y espalda el típico pan de payés con tomate, una tapa de mejillones a la marinera, otra de chipirones, un plato de arroz negro, una lasagna, cuatro cervezas, un café y tres chupitos invitados por la casa encaminamos nuestros pasos hacia el hotel para echarnos una siestecilla y descansar un rato.

Mary Jo en la Rambla
Por la tarde, ya con nuevos bríos, recorrimos la rambla y paramos en el mercado de la Boquería a comprar y comernos un par de tuppers rellenos de una fruta estupenda y muy fresca. Como ya no teníamos nada en mente para visitar volvimos a adentrarnos en el barrio gótico (me encanta este barrio) con el fin de perdernos y ver si nos topábamos, por sorpresa, con algo interesante.

La Boquería
Para cenar nos paramos en una típica taberna vasca de esas que tienen pinchos sabrosos a lo largo de toda la barra. Se llama Casa Etxea y comimos pincho de tortilla de patatas, de pimientos rellenos de bacalao (riquísimo), de queso fresco con tomate, una bola de patata rebozada y, por último, otro pincho de bacón con salchichas.

Estatua en el Paseo Marítimo
Por cierto, en esta tasca vasca fuimos testigos del intento de hacer el típico “sinpa” y digo del intento porque las piernas de un camarero y las del dueño fueron mas rápidas que las de las dos chicas extranjeras y en un par de minutos estaban las chicas con más cara de vergüenza que de cansancio, de nuevo, ante la barra y con un billete de cincuenta euros en la mano de una de ellas. Por lo que pude ver, a las chicas el tiro les salió por la culata porque lo que, en principio, les debía costar no más de veinte euros les salió, al final, por cuarenta y cinco euros y la devolución de los cinco euros restantes tirados al suelo con tanto desprecio que yo pensé que, si fuera yo, iba a recogerlos su puta madre.

Interior de Santa María del Mar
