Creo que fue el viernes cuando me paré a hablar con él después de algún tiempo, simplemente, saludándonos cuando nos cruzábamos por la calle o nos veíamos en algún sitio. Coincidimos en una caseta de la feria y, tras más de diez minutos de conversación, le pregunté por su trabajo como investigador en el Hospital San Pedro de Alcántara. En ese momento se le torció la sonrisa y, bajando la voz como si le diera vergüenza hablar de ello, me dijo que llevaba ya cinco meses en el paro. Como es lógico intenté quitarle importancia hablándole de lo mal que está el putiferio en cuestiones laborales e intenté animarle diciéndole que esto tenía que pasar y que con su currículum sería más fácil. Ahí, justo cuando le nombre su currículum, fue cuando se partió la caja de la risa y a punto estuvo de darle un ataque.
– ¡Currículum, eh! – me dijo sin parar de reírse – ¿Quieres que te cuente para qué vale mi currículum, pedazo de gilipollas?
Pues resulta, me contó, que hacía apenas un par de semanas que acababa de presentarse a un puesto de trabajo que una mancomunidad extremeña había ofertado. Se trataba de un puesto de cuidador de jardines y proyección de futuras zonas verdes de la zona. Allí se presentó mi amigo con su flamante Doctorado en Biología bajo el brazo y, cuando observó que, además de él, había un único aspirante al puesto, pensó que, tal vez, podría tener suerte. Máxime cuando de la entrevista de rigor salió con buenas sensaciones; buenas sensaciones que le duraron los quince minutos que tardó en comunicarle la misma persona que le hizo la entrevista que el puesto se lo había dado a la otra persona. Según le dijo el entrevistador, mi amigo había tenido los ocho puntos (el máximo de ese apartado) del currículum por su Doctorado en Biología, dos puntos de la entrevista y ninguno por no estar censado en ningún municipio de la zona. El adversario, que no tenía ni la educación obligatoria terminada, tenía cero puntos por currículum, un punto de la entrevista y los diez puntos de estar censado en un municipio perteneciente a la mancomunidad. Total, once puntos del que no tiene ni la EGB contra los diez puntos de mi colega y su reluciente doctorado. Así que, con el título de Doctor metido por el culo y con una cara de gilipollas digna del magno acontecimiento del que acababa de ser protagonista, se montó en el coche y regresó a su casa. ¿Es o no es España una república bananera?

Es un republica bananera enorme gracias a nuestros gobernantes.