Muchos de vosotros sabréis que, hace ya algunos años, jugué al fútbol sala en la A.D. Extremadura F.S. Por aquellos tiempos, todavía no muy lejanos, recorría, un fin de semana sí y otro no, media España subido a un autobús o a un avión si la distancia era considerable. Entrenábamos una media de dos horas diarias sin contar los viajes y, gracias a esos desplazamientos, conocí ciudades que, de otra manera, dudo mucho que visitara.
También, y aquí está lo verdaderamente importante, conocí a muchas personas con las que, hoy en día, me une una amistad verdaderamente especial. De todos ellos, hay uno que, prácticamente a diario, lo recuerdo y, todavía ahora, si cierro los ojos, lo veo con su enorme sonrisa, ese aspecto desgarbado, sus inmensos pies y esas orejas que eran el centro de nuestras bromas hacia él. Adrián. Adri. Desgraciadamente, un mal día, su coche acabó debajo de una máquina pavimentadora. Él, Adrián, Adri, era de Aldea del Cano, y no hay un solo día que, viniendo de Mérida, al leer el cartel de la salida de Aldea del Cano en la autovía, no lo recuerde. Se fue muy pronto, de sorpresa y sin avisar pero yo me quedo con esos viajes, esas risas junto a Lolo mientras jugábamos a las cartas, esos regates imposibles, las novatadas a los juveniles que subían al primer equipo, el día que nos fuimos, en un coche alquilado, desde Las Palmas de Gran Canaria hasta Maspalomas simplemente para bañarnos en pelotas, las bromas al maestro, el striptease en el barco que nos llevaba a Melilla, …

¡Qué bonito recuerdo a Adri! Comparto todas y cada una de las palabras que escribes, y yo al igual que tú, no hay día que vea el cartel de Aldea y no recuerde a Adrián y los buenos momentos que pasamos juntos.
Ojala se pudieran repetir algún día.