No sabría decir cuánto tiempo llevaba sin cruzármelos por la calle pero, no hace más de dos meses -estando yo de vacaciones-, vi acercarse hacia mí a Lola; traía la cabeza gacha y la cara demacrada, caminaba sola y, esta vez, apoyaba parte de su cuerpo en un viejo bastón de madera cada vez que daba un paso. Tuve que llamarle la atención al pasar por mi lado porque no advirtió de mi presencia.
– Se ha ido, hijo. Mi Paco se me ha ido – acertó a decirme con los ojos llenos de lagrimas.
No lo podía creer. Me parecía imposible que la magia de esa pareja se hubiera desvanecido y lo que, otrora, fue seguridad y felicidad fuera, ahora, desgarro, dolor y tristeza. Aquella mujer que tenía delante de mi no era ni la décima parte de lo que, dos meses atrás, veía caminar acompañada por las calles de Cáceres.
Caminamos apenas diez metros en dirección a un banco y allí, una vez sentados, me conto que un mal día el no despertó. Una embolia, le dijeron en el hospital.
Esa tarde no hubo gimnasios, no hubo internet, no hubo cocina; ni siquiera hubo sobrinos ni visita a mis padres. En mi cabeza resonaban las palabras de Lola: ‘Se ha ido, hijo. Mi Paco se me ha ido’. También me conto que, a los pocos días, se cayó por las escaleras de su casa y su hija, única hija, quería que se fuera a vivir a Madrid con ella y sus dos nietos. Lola no quería, ella decía que podía vivir sola y que le daba mucho miedo vivir en Madrid y, sobre todo, mucha pena dejar Cáceres con toda una vida a sus espaldas en compañía de Paco.
– Siento como si abandonara a Paco -me dijo apenada.
Hoy, tras un tiempo sin saber de Lola, en la puerta de la iglesia que hay frente a mi casa me he topado con una esquela: ‘Dolores Sepúlveda Sáenz, falleció en Madrid a los 86 años de edad. Su hija…’. Sí. Era ella, Lola, y, estoy seguro, murió de pena. Descanse en paz.

Joder Chesco, se me han saltado las lágrimas y no se de quien me estás hablando….