No la había vuelto a ver desde aquel día. Estaba, sola, sentada en una silla tomando un zumo de naranja y una tostada en una cafetería del Centro Comercial "Conquistadores" de Badajoz. Al principio no la había reconocido aunque, en cuanto la vi, tuve la sensación de que ya la había visto en otro sitio aunque, la verdad, no caía en quién podía ser o de qué podía conocer a esa persona. En esos pensamientos estaba cuando apareció una mujer asiática vendiendo películas pirateadas. Vino hacía mi, ‘no, gracias’ y se dirigió al rincón en donde estaba la misteriosa mujer. Fue al escuchar su voz rechazando las películas que le ofrecía la mujer cuando lo vi todo claro. Era la pelleja, pequeñita y gruñona del Decanato del Tribunal de Justicia de Mérida.
No había cumplido siquiera un mes trabajando en el Servicio de Patrimonio de la Consejería, en aquellos tiempos, de Economía, Industria y Comercio cuando, siguiendo las instrucciones de Tomás González, Jefe de Servicio, tuve que ir al Decanato a entregar un oficio — ‘muy urgente y que un tal Rafael, jefazo del Decanato, necesita para ceder un inmueble de la Junta de Extremadura al Ministerio de Justicia’ — me dijo Tomás. Con las mismas, tras preguntar a los compañeros dónde estaba el Decanato, me personé, a los pocos minutos, en una habitación lúgubre, con olor a humedad en la que estaban cuatro personas.
— Buenos días, traigo un oficio para … — no me dejaron terminar la frase cuando, detrás de mi surgió una mujer pequeñita, morena de piel y de pelo cortito y rizado con cara de pocos amigos. Efectivamente, la misma de la cafetería.
— ¡Otro que no sabe leer! No sé cuántas veces tengo que decir que nosotros no somos registro de nada, ni de entrada ni de salida. En el papel que hay en la entrada deberías haberlo leído, en el caso que supieras, !guapito!’ — me espetó haciendo especial énfasis en lo de guapito.
Juro que mi intención, en un principio, era explicarle a la mujer que lo que quería era entregarle el oficio al tal Rafael y que no quería registrar nada pero la mujercita ya se había lanzado y no me dejó siquiera abrir la boca. Descargaba, de menos a más, su frustración con el primero que pasaba por allí y seguía, dirigiéndose a mi, con una interminable retahila de reproches. Que si pensaba que no tenían el suficiente trabajo como para dedicarse, ahora, a hacer de registro; que si le parecían pocos los papeles que estaban sobre su mesa, que quién era el que me había dicho que allí me recogerían el papel, etc… Yo, por mi parte, enseguida lo vi claro y decidí adoptar una sonrisa burlona que, efectivamente, y esa era mi intención, iba ofuscando cada vez más a aquella mujer pequeñita. Ya llevaba un rato largo de repasata cuando decidí pasar al ataque.
— ¿Cómo se llama usted? — le pregunté cortándole sus reproches
— ¿Para qué quieres saber mi nombre? — acertó a decir tras dudar un breve instante
— Yo soy Chesco Romero de la Consejería de Economía, Industria y Comercio y, simplemente, me gustaría saber su nombre.
Llegados a este punto su superioridad e irritabilidad se vinieron abajo y cambió su cara desafiante por una bastante más sumisa y desconfiada. Por otra parte, sus compañeros ya hacía tiempo que habían dejado sus quehaceres para prestar atención al duelo de la compañera con el desconocido y miraban entre mosqueados y divertidos los vaivenes de su, sin duda alguna, jefa.
— Venía a entregarle, en ma-no, —remarqué— este oficio de caracter ur-gen-te a D. Rafael pero ya me he dado cuenta que va a ser imposible porque usted me ha dejado bien claro que no son registro de nada. Simplemente le solicitaba su nombre para comentarle a D. Rafael por qué motivo ha sido imposible entregarle el oficio. — le dije con toda mi mala intención ..
— Por ahí tenías que haber empezado — me dijo retomando un asombroso tono conciliador
— Usted, no me ha dejado ni abrir la boca y se ha dedicado a volcar su frustración sobre el primero que pasaba que, desgraciadamente, era yo. Además, es usted una maleducada porque yo la he tratado con respeto y usted, aparte de tutearme sin molestarse en pedirme permiso, simplemente, se ha dedicado a insultarme y a pegarme una repasata sin sentido. — ahora era yo quien contraatacaba.
— ¿Va us-ted a dejar aquí el oficio o no? — me desafió
— Pues no, — mis cojones son dos y pares, pensé — me voy por donde nunca debía haber venido. Buenos días, señorita. — le sonrei mientras me daba media vuelta encaminándome hacia la salida.
— Señora si no le importa — me dijo
— Pues lo siento por él — zanjé mientras escuchaba de fondo las carcajadas de los compañeros ante mi despedida.
Y así, con el pensamiento de que este tipo de personas, prepotentes y en constante cabreo con el mundo, me jodían una barbaridad, me fui a contarle a Tomás el altercado.
Hoy, con el paso del tiempo y ante su imagen en el bar sólo podía pensar una cosa. ¡Ojalá te atragantes con la puta tostada, cabrona!

ANDA, QUE SI HUBIERAS ESTADO TRABAJANDO EN UNA GESTORIA DURANTE 4 AÑOS COMO YO? EN FIN, GRACIAS A DIOS QUE TENEMOS EDUCACIÓN Y MUCHA PICARDÍA QUE SINO¡¡