
Serían alrededor de las once y cuarto cuando nos desplazamos hasta la Plaza del Carmen donde está situado el Ayuntamiento de Granada y que distaba apenas cuatrocientos metros desde nuestro hotel. Con nuestras mejores galas (pantalón vaquero y camisa) nos plantamos en dicha plaza recibiéndonos más de tres mil personas y ofertándonos una bolsa cotillón que ofrecía gratis el periódico local El Ideal de Granada. Tras abrir nuestras bolsas y colocarnos el antifaz, el gorro de cartón, el espantasuegras, la nariz de payaso y el collar hawaiano mitigamos la espera con un espectáculo de luz y sonido que proyectaban en la pared del Ayuntamiento.

Faltaban apenas dos minutos cuando saqué de mi cazadora una lata con doce uvas para Mary Jo y otra lata con doce aceitunas para mi (de siempre he cruzado la frontera del año con aceitunas en lugar de uvas) y esperamos a las campanadas. Tras unos cuartos un poco raros (sonaron dos cuartos y, al rato otros dos) sonaron una tras una las doce campanadas mientras se proyectaba en la pared del Ayuntamiento el número de campanada por el que ibamos para facilitar la labor a los sordos y a los, como yo, no tan sordos.

Aprovechando que estábamos entre dos parejas que también estaban solos nos cambiamos las cámaras y nos hicimos fotos los unos a los otros para retratar el momento.

Nada más pasar de año se lanzaron unos fuegos artificiales y un grupo granadino empezó a amenizar (o por lo menos intentarlo) la noche con canciones.

No duramos más de quince minutos y nos fuimos a la calle Navas al único bar que estaba abierto a tomarnos unas copillas aunque regresamos prontito al hotel porque queríamos aprovechar al día siguiente para seguir descubriendo Granada.


Encima las patatas no eran ni del Gallo.