El último día que pasamos en Granada, tras levantarnos algo tarde, nos desayunamos en el Hotel lo que sobró de la magnífica cena que nos marcamos el día anterior y salimos a ver el Real Monasterio de San Jerónimo y la Basílica de San Juan de Dios.
Lo primero que llama la atención del Real Monasterio de San Jerónimo es su exterior que no se asemeja a un monasterio al uso si no que más bien parece una especie de fortaleza o castillo.
En un principio no sabíamos si entrar a ver el interior del monasterio o simplemente conformarnos con su bello exterior más que nada porque a mi me produce urticaria pagar a la iglesia por algo que ya mantenemos todos los españoles con nuestros impuestos pero, bueno, eso son cosas mías y, finalmente, pagamos los 3,50€ de la entrada.

Una vez dentro destaca el patio central bien cuidado y con abundante vegetación junto a una agradable vista de torres y demás.

Pero lo que, realmente, destaca sobremanera es la pedazo de Iglesia en la que un retablo espectacular se lleva la mayoría de la atención del visitante. El interior del monasterio es más bien austero aunque espectacularmente ámplio con unas estancias kilométricas.
Tras decirle al hombre que nos vendió las entradas que por qué no podía subir al piso superior me contestó que allí habitaban monjas de clausura y que no se las podía ver ni hablar. También nos comentó que en el espacio habilitado para cien monjas simplemente estaban doce y en el lugar habilitado para unas veinte novicias había sólo una. Aunque, “eso sí, -nos dijo con sonrisa picarona- no va a llegar a monja porque sus ojos verdes me vuelven loco y la voy a sacar para fuera”.
Tras la vista exterior de la Basílica de San Juan de Dios nos metimos en el único bar que vimos abierto para tomarnos una caña y, sobretodo, para que Mary Jo no se orinara encima ya que decía que no aguantaba.
Esta vez, por cambiar, comimos en un restaurante una buena ensalada de frutas tropicales, y una lasagna de verduras junto con unas puntas de solomillo con patatas (todo a medias entre Mary Jo y el menda).
Tras la siesta, hicimos las maletas para tenerlas preparadas para el día siguiente y, ya por la tarde, salimos a dar una vuelta por sitios dónde no hubieramos estado pero nos pilló una tormenta y acabamos en una especie de café tomando un par de cocas light. Luego dimos una vueltilla y nos fuimos a tomar un par de cañas con sus tapas y una ración a otro bar.
Y ese ha sido el viaje a una ciudad muy agradable y bonita en la que, creo, que con tres días basta para verla y conocerla en sus aspectos más destacados.


